16 de junio de 2023
Sinsentidos, desesperanza y ¿sociología funcionalista?

Esta columna de opinión la escribo desde el reconocimiento del absoluto privilegio.
Durante el último mes un punto de llegada común en la conversación terminaba siendo el sinsentido. El sinsentido de invertir importantes cantidades de dinero, conocimiento y tiempo, poniendo en segundo plano nuestra salud física y mental, en la búsqueda de – cuando menos – un desesperanzador futuro.
El futuro que se nos promete hoy no es el mismo de hace treinta años. Como generación nos enfrentamos a la crisis climática mundial, volvemos a estar más cerca de los horrores de la guerra y poco a poco perdemos la esperanza. Es que cada vez es más fantasioso para muchos pensar en acceder a la propiedad, en tener un trabajo justamente remunerado o a un sistema pensional que nos permita efectivamente retirarnos.
Ahora se estará preguntando ¿Y esto qué tiene que ver con sociología? ¿Qué funcionalismo quién? Vamos despacito.
Allá por 1938 Robert K. Merton escribía un ensayo titulado “Estructura social y anomia”, estudiando la función de las estructuras culturales y sociales en la determinación de la conducta de las personas. De ahí que se llame funcionalismo; este considera que la sociedad y la cultura determinan el actuar individual dentro de un grupo, e inclusive pueden llegar a desviarlo.
La estructura cultural es definida como los objetivos que son impuestos a un individuo por parte de la sociedad. Las metas que socialmente nos son impuestas, aunque son muy variadas, las resumiré en tres verbos: Tener, Poder y Placer. Al final de cuentas en esos verbos pueden resumirse las motivaciones, ese punto de llegada, al que las personas aspiran.
Por otro lado, la estructura social es el conjunto de medios legítimos que tiene una persona para conseguir los fines culturalmente impuestos. Es decir, la suma de todas las oportunidades y privilegios que tiene un individuo para finalmente conseguir efectivamente sus metas. Como lo pueden ser, entre otros, la posibilidad de acceder a un sistema educativo o el capital social.
Para Merton es fundamental el concepto de anomia, cuando existe una discordancia entre la estructura social y cultural. Cuando los medios que posee una persona son insuficientes para lograr los objetivos que socialmente le son impuestos hay una presión para que se desvíe su conducta.
Cerrando el paréntesis sociológico. Nuestra generación se encuentra frente a una enorme anomia. Somos quienes históricamente hemos tenido mayor acceso a la educación y a mayores estándares globales de salud. Y aún a pesar de ello tenemos la absoluta incertidumbre y desesperanza colectiva frente al futuro.
No se trata de pataletas o berrinches, como bien podría ser calificada esta columna por un boomer que a mediados de sus veintes ya tenía una familia y una casa. Nuestros veintes son más similares a lo que se estaba viviendo hace un poco más de un siglo: la gran depresión.
Ahora, no todo pronóstico frente al futuro tiene que ser desesperanzador. Y la respuesta también puede hallarse en la sociología. Merton considera que frente a la anomia existen diferentes medios de adaptación, más allá de la conformidad, simplemente aceptando el desesperanzador futuro.
En esta columna hablaré de los dos medios de adaptación que son especialmente relevantes frente al sinsentido que vivimos: la innovación y la rebelión. Si, le estoy haciendo una invitación a la rebelión, o si usted es más moderado, a que innove. Déjeme y le explico, y va a ver que no se trata de lo que puede estar pensando.
La innovación se da cuando se buscan los objetivos socialmente impuestos (se acepta la estructura social), pero estos se alcanzan por medio de medios diferentes a los que son socialmente aceptados (se rechaza la estructura cultural). Algunos grandes ejemplos de innovadores, que ojalá todos pudiéramos seguir, son esas personas que abandonaron universidades como el MIT o Harvard porque creyeron en una idea, y hoy en día moldean el mundo – un nuevo mundo – por medio de plataformas como Meta.
Creo que es legítimo buscar el tener, el poder y el placer; siempre que esto no vulnere a otros. Por eso, si cree que sus objetivos de vida están en ello seguramente tendrá que conseguirlos rompiendo el molde, pensando diferente a como se nos ha enseñado. La innovación en los medios es lo suyo. Los sistemas de educación espero que se le queden pequeños.
Ahora, la rebelión se da cuando se buscan cambiar tanto las metas y medios socialmente aceptados (se rechazan las estructuras sociales y culturales). Con esto, no lo invito a la creación de un proto-estado comunista, porque la experiencia nos ha demostrado que eso no funciona. Más bien lo invito a pensar de una forma más esencialista, de encontrar lo verdaderamente importante y los medios para llegar a esto.
La filosofía del buen vivir – o del vivir sabroso – creo que es una de las formas en las que podemos encontrar una esperanza para el futuro. Buscar el equilibrio entre nosotros como individuos, como humanidad, con nuestros pares, con la naturaleza y con el mundo es una solución para el sinsentido.
¿Soñador? Tal vez.
Mi absoluto privilegio me permite soñar, me permite detenerme a contemplar este tipo de discusiones que quizá en otra situación no podría. Sin embargo, creo que reconocer nuestro privilegio también nos impone una enorme responsabilidad, e incluso obligación. Es obligación de nosotros, quienes tenemos el privilegio en las manos, hacerlo todo para mejorar el futuro de quienes no lo tienen; de innovar o rebelarnos frente a la desesperanza para darle sentido al sinsentido.